25/12/2025 Volver
Un poco fané y descangallada, pero linda la piba. Le dicen “La Reina del Plata” y cada vez que la camino se me pianta algún lagrimón. Tiene un no sé qué medio tristón que me estruja el pecho de amores. El tiempo, ese truhán que nos deja siempre con ganas de más, me escatima las horas cada vez que vengo a visitarla. Sé que estoy yirando entre palabras sin rumbo y que no logro decir lo que me anda dando vueltas, porque hay cosas que no se pueden nombrar.
Entonces me senté en un bar, pedí un café y me perdí en los vericuetos de las paredes. Recordé que allí había bailado tango alguna vez y que el pelafustán que ahora tocaba el piano en el balconcito (que otrora fuera para las orquestas) no merecía estar allí. ¡Un tango, pibe!, quise gritarle mientras él me atormentaba con la música de Titanic. ¿A vos te parece abrumar la atmósfera de un bar con tanta historia con esos acordes? Un atropello imperdonable, un guiño al turismo que de sonso no tiene un pelo.
Aguanté un rato, incluso moqueé un poco, hasta que me abismé al baño. ¡Turismo fundamental el de los toilettes! Cuando era chica, enseguida de llegar a cualquier restaurante pedía hacer pis. “Ya quiere conocer el baño”, decía mi vieja. Y sí, es que te dan la verdadera dimensión del asunto. El de este bar con música de película de Hollywood era un sueño: querías llevártelo a tu casa. ¡Como el de la casa de mi abuela!, pensé. Hasta tenía espejos de tres partes, esos que te dejaban mirarte el peinado por detrás. ¡Lo hice! ¡Miré mi peinado por detrás! Sonreí y regresé a la mesa un poco más aliviada.
Volví al estado de contemplación y me di cuenta de que no estaba ahí, de que me iba por los vericuetos del pasado y la historia: la mía y la de Buenos Aires. Y de pronto me encontré conmigo, con esa costumbre de ver otra cosa, de imaginar, de irme para poder estar. Vuelvo. Siempre estoy, pero desde otro lugar: un escenario, un relato o la mesa de un bar.